sábado, 24 de octubre de 2009

Carta a un devoto del Purísimo e Inmaculado Corazón de María - San Antonio María Claret




San Antonio María Claret escribió esta carta en 1864, año en que se publicó el opúsculo Las tardes de verano, con el que guarda algunos paralelismos al exponer la doctrina sobre la Virgen. Le movió a ello la petición de un devoto que deseaba crecer cada día más en esta devoción. El Santo le dice: «No podíais pedir cosa más de mi gusto». Así manifestaba, una vez más, su profundo amor filial hacia la Virgen , que había crecido en su corazón ya desde la infancia.

En este opúsculo, que no se publicó en vida del Santo, se ofrece una base doctrinal a la devoción cordimariana, que tan hondamente caló en su alma de apóstol. Para mostrar toda la riqueza interior del Corazón de María, el P. Claret divide el tratadito en tres partes, indicando los tres motivos que solía dar para estimular a una devoción más fervorosa hacia la Virgen. Expone con rapidez el primer motivo: Dios lo quiere. Se detiene bastante en el segundo - las excelencias de la Vir ­gen -, apoyando su doctrina en Santo Tomás y en os Santos Padres. El tercer motivo - utilidad de esta devoción - lo desarrolla suficientemente, sirviéndose de uno de sus autores preferidos: San Alfonso María de Ligorio.

Tanto el estilo, sencillo y persuasivo, como el contenido, que respira hondo fervor mariano, son típicamente claretianos. El autor nos brinda en estas páginas una síntesis estupenda de los motivos de nuestra devoción cordimariana, de los pilares en que se funda y del amor en el que se inspira.

Advertimos que los títulos de las tres partes de la carta no son del P. Claret, sino nuestros.



Texto de Claret (con notas)

Muy señor mío: Acabo de recibir vuestra estimadísima carta, con que me pedís os diga alguna cosa para crecer cada día más y más en la devoción del inmaculado Corazón de María. Querido amigo, no me podíais pedir cosa más de mi gusto. Yo quisiera que todos los cristianos tuvieran hambre y sed de esta devoción. Amad, amigo mío, amad, y amad muchí­simo, a María *1.

Y para que suba más de punto vuestra devoción, y también para satisfacer vuestros deseos, os diré que debemos amar a María Santísima: 1.° Porque Dios lo quiere. 2.° Porque ella lo merece. 3.° Porque nosotros lo necesitamos, por ser ella un poderosísimo medio para obtener todas las gracias corporales y espirituales y, finalmente, la salud eterna *2.

1. Dios lo quiere

Debemos amar a María Santísima porque Dios lo quiere. Amar es querer bien al amado, es hacerle bien, es hacerle participante de sus bienes *3, pues el mismo Dios nos da ejemplo y nos excita a amar a María. El eterno Padre la escogió por Hija suya muy amada; el Hijo eterno la tomó por Madre, y el Espíritu Santo, por Esposa; toda la Santísima Trinidad la ha coronado por Reina y Emperatriz de cielos y tierra y la ha constituido dispensera de todas las gracias *4.

Debéis saber, amigo mío, que María Santísima es obra de Dios y es la más perfecta que ha salido de sus manos después de la humanidad de Jesucristo; en ella brillan de un modo muy particular *5 la omnipotencia, la sabiduría y la bondad del mismo Dios.

Es propio de Dios el dar las gracias a cada criatura según el fin a que la destina *6, y como Dios destinó a María para ser madre, hija y esposa del mismo Dios y madre del hombre, de aquí se infiere qué corazón le daría y con qué gracias la adornaría *7.

2. Ella lo merece

Debemos amar a María Santísima porque ella lo merece. María Santísima lo merece por el cúmulo de gracias que ha recibido sobre la tierra, por la eminencia de la gloria que posee en el cielo, por la dignidad casi infinita de Madre de Dios a que ha sido sublimada y por las prerrogativas adheren­tes a esta sublime dignidad.

María fue como el centro de todas las gracias y bellezas que Dios había distribuido a los ángeles, a los santos y a todas las criaturas *8. María había de ser la Reina y Señora de los ángeles y de los santos, y, por lo mismo, debía tener más gracias que todos ellos ya en el primer instante de su ser. María había de ser la Madre del mismo Dios. Es un principio de filosofía que entre la forma y las disposiciones de la materia ha de haber cierta proporción *9; la dignidad de Madre de Dios es aquí como la forma, y el corazón de María es la materia que ha de recibir esta forma. ¡Oh, qué cúmulo de gracias, virtudes y otras disposiciones se agrupan en aquel santísimo y purísimo corazón!

Desde que Dios determinó hacerse hombre, fijó la vista en María Santísima, y desde entonces dispuso todos los prepara­tivos necesarios, la hizo nacer de los patriarcas, profetas, sacerdotes y reyes *10, y todas las gracias de éstos reunió en María, y quiso que María fuese la nata y la flor de todos ellos. Además, la previno con bendiciones de dulzura y puso sobre su cabeza una corona de piedras preciosas *11, esto es, gracias y bellezas; pero mucho más enriqueció su corazón.

En el corazón de María se han de considerar dos cosas: el corazón material y el corazón formal, que es el amor y voluntad *12.

El corazón material de María es el órgano, sentido o instrumento del amor y voluntad *13; así como por los ojos vemos, por los oídos oímos, por la nariz olemos y por la boca hablamos, así por el corazón amamos y queremos *14.

Dicen los teólogos que las reliquias de los santos merecen veneración y culto: 1.° Porque han sido miembros vivos de Jesucristo. 2.° Porque han sido templos del Espíritu Santo. 3.° Porque han sido órganos de la virtud. 4.° Porque serán instru­mentos de la gracia y de milagros. 5.° Porque ellos serán glorificados después de la resurrección *15.

El corazón de María reúne estas propiedades y muchas otras más: 1.° El corazón de María no sólo fue miembro vivo de Jesucristo por la fe y la caridad, sino también origen, manantial de donde se tomó la humanidad *16. 2.° El corazón de María fue templo del Espíritu Santo y más que templo, pues que de la preciosísima sangre salida de este inmaculado *17 corazón formó el Espíritu Santo la humanidad santísima en las purísimas y virginales entrañas de María en el grande misterio de la encarnación *18. 3.° El corazón de María ha sido el órgano de todas las virtudes en grado heroico, y singularmente en la caridad para con Dios y para con los hombres *19. 4.° El corazón de María es, en el día, un corazón vivo, animado y sublimado en lo más alto de la gloria. 5.° El corazón de María es el trono en donde se dispensan todas las gracias y misericordias.

María es verdaderamente Madre de Dios. A la manera que [a] una mujer que ha parido un hombre se la llama y es madre de aquel hombre que parió, así también María Santísi­ma es y se llama con toda propiedad Madre de Dios, porque le concibió y parió; [a] la mujer que parió al hombre se la llama y es madre de todo aquel hombre, que es un compuesto del alma y cuerpo, y aunque el alma viene de solo Dios, así también María Santísima es Madre de Dios, porque ese divino compuesto de persona divina, alma racional y cuerpo natural es el término de la generación en las purísimas y virginales entrañas de María *20. Esta dignidad de Madre de Dios es la que más le enaltece, porque es una dignidad casi infinita, porque es madre de un ser infinito *2l; es más de cuanto posee en gracia y en gloria. Los doctores y Santos Padres dicen que por los frutos se conoce el árbol, según consta del Evangelio; pues ¿qué diremos de María, que ha dado a luz aquel bendito Fruto que tanto elogió Santa Isabel *22 cuando dijo: “¡Bendito el fruto de tu vientre! ¿De dónde a mí tanta dicha, que la madre de mi Señor me venga a ver?” *23.

Dice Santo Tomás que el fuego no prende en el leño hasta que éste tiene los mismos grados de calor que aquél *24; pues bien, si para que de la sangre del corazón de María se formase la humanidad a que se había de juntar la divinidad era preciso que tuviese una disposición cuasi divina, ¿qué diremos ahora de Marta si, además de considerarla Madre de Dios, junta­mos las demás gracias que después recibió de Jesús? *25. Jesús por donde pasaba hacía bien a todos *26, más o menos según la disposición en que los hallaba; ¿qué pensaremos de las gracias y beneficios que dispensaría a María, en que pasó no rápida­mente, sino que estuvo con mucha detención en sus entrañas nueve meses y a su lado treinta y tres años, y hallándose siempre con la más buena disposición y preparación para recibir los beneficios de Jesús? A estas gracias se han de juntar también las que recibió del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, y, además, se han de añadir las que ella agenció con el ejercicio de tantas y tan heroicas virtudes en todo el decurso de su santísima y larga vida, acompañada de aquella continua y fervorosa meditación *27 en la que, según el profeta, se enciende la llama del divino amor *28. Al conside­rar San Buenaventura la gracia de María, exclama diciendo: «La gracia de María es una gracia inmensísima, multiplicísima»: Gratia Mariae, gratia est immensissima, gratia multiplicissima *29.

No sólo se han de considerar las gracias que María ha obtenido para ser y por haber sido Madre de Dios y las gracias que recibió de Jesucristo, del Espíritu Santo y ella se granjeó con su cooperación, sino también es indispensable fijar la atención en la multitud de incomparables prerrogativas que tan grande dignidad le han acarreado. Referiremos algunas:

1.ª De haber sido preservada del pecado original, a que indispensablemente había de incurrir a no haber sido ella la destinada para Madre del mismo Dios; para esto, Dios le dotó de un corazón inmaculado, purísimo, castísimo, humildísimo, mansísimo, santísimo, pues que de la sangre salida de este corazón se había de formar el cuerpo del Dios humanado.

2.ª De haber concebido y parido en el tiempo aquel mismo Hijo de Dios que el eterno Padre había engendrado en la eternidad *30. No lo dudes, dice San Buenaventura, el eterno Padre y la Virgen sagrada han tenido un mismo y único hijo *31.

3.ª Así como el eterno Padre tuvo este divino Hijo sin perder nada de su divinidad, así también la santísima Virgen María ha concebido y parido este mismísimo Hijo sin el menor detrimento de su santísima virginidad.

4.ª De haber tenido un legítimo poder para mandar al Señor absoluto de todas las criaturas, pues que éste es un derecho que la naturaleza da a todas las madres; derecho a que ha querido sujetarse gustosamente, pues dijo que había venido no para derogar la ley, sino para cumplirla con más perfección que los demás hombres 32; y el evangelista San Lucas nos da testimonio de cómo obedecía a su Madre y a San José: Et erat subditus eis *33. Mas este derecho hace tanto honor a María Santísima, que San Bernardo dice que no sabe qué es más digno de admiración, si el que Jesús obedezca a María o el que María pueda mandar a Jesús; porque, dice el Santo, el que Dios obedezca a una mujer es una humildad sin ejemplo y el que una mujer mande a un Dios es una elevación sin igual *34.

5.ª Ha sido la Esposa del Espíritu Santo de una mane­ra infinitamente más noble que las otras vírgenes, pues que las otras apenas merecen el ser aliadas a ese divino esposo en cuanto al alma, mientras que María lo ha sido no sólo en cuanto al alma, sino también en cuanto al cuerpo, aunque de la manera más casta. La alianza que ha habido entre el Espíritu Santo y las vírgenes castas sólo ha servido para la producción de los actos de virtudes, pero la alianza entre este divino Espíritu y María Santísima ha producido de una manera la más inefable el Señor de las virtudes, Cristo Señor nuestro.

6.ª Ha sido como el término, por decirlo [así], y la coronación de la Santísima Trinidad : María universum sanctae Trinitatis complementum *35, porque ha producido el más excelente fruto de su fecundidad ad extra, como dicen los teólogos; es decir, ha producido un Dios hombre. María ha producido un sujeto capaz de dar a la Santísima Trinidad un honor cual la Santísima Trinidad se merece; honor que todas las criaturas juntas, y aunque éstas se multiplicaran muchísimas veces, no eran capaces de pagar como lo hace el Hijo de María, Dios y hombre verdadero.

7.ª En haber sido hecha Reina y Señora de todas las criaturas por haber concebido y parido al Verbo divino, por quien fueron hechas todas las cosas, como dice San Juan *36.

3. Eficacia de esta devoción

Debemos amar a María y ser sus verdaderos devotos porque la devoción a María Santísima es un medio poderosísi­mo para alcanzar la salvación. Es la razón por que María puede salvar a sus verdaderos devotos, porque quiere y porque lo hace *37. María puede, porque es la puerta del cielo; María quiere, porque es la madre de misericordia *38; María lo hace, porque ella es la que obtiene la gracia justificante a los pecado­res, el fervor a los justos y la perseverancia a los fervorosos *39; por esto, los Santos Padres la llaman la rescatadora de los cautivos, el canal de la gracia y la dispensera de las misericor­dias *40. Por esto se ha dicho que el ser devoto de María es una señal de predestinación, así como es una marca de reprobación el no ser devoto o adverso de María *41.

La razón es muy clara. Nadie se puede salvar sin el auxilio de la gracia que viene de Jesús, como cabeza que es de la Iglesia o cuerpo, y María es *42 como el cuello que junta, por decirlo así, el cuerpo con la cabeza; y así como el influjo de la cabeza al cuerpo ha de pasar por el cuello, así, pues, las gracias de Jesús pasan por María y se comunican al cuerpo o a los devotos, que son sus miembros vivos: In Christo fuit plenitudo gratiae sicut in capite fluente; in Maria sicut in collo transfundente *43.

María por los Santos Padres es llamada la escala del cielo, porque por medio de María Dios ha bajado del cielo y por medio de María los hombres suben al cielo 44. Y cuando la Iglesia dice que esta Reina incomparable es la puerta del cielo y la ventana del paraíso *45, nos enseña con esas palabras que todos los elegidos, justos o pecadores, entran en la man­sión de la gloria por su mediación; con esta sola diferencia, que los justos entran por ella como por la puerta de llano, pero los pecadores por la ventana *46, que es María; por la escalera, que es María *47. Por tanto, amigo mío, en María, después de Jesús, hemos de poner toda nuestra confianza y esperanza de nuestra eterna salvación. Haec peccatorum scala, haec mea maxima fiducia est, haec tota ratio spei meae *48. Unica peccatorum advocata, portus tutissimus, naufragantium omnium salus *49. Peccatorem quantumlibet foetidum non horret... donec horrendo Judici miserum reconciliet *50.

¡Oh!, dichoso el que invoca a María con confianza, que él alcanzará el perdón de sus pecados, por muchos y por graves que sean; alcanzará la gracia y, finalmente, la gloria del cielo, que tanto deseo a usted y a todos.

+ =====

NOTAS

(*) El título completo es: Carta a un devoto del purísimo e inmaculado Corazón de María. El original autógrafo se encuentra en Mss. Claret, VIII, 521‑535. De ella se han hecho las siguientes ediciones: Carta inédita del Beato Claret sobre el Corazón de María: Boletín Secretariado Claretiano, enero-marzo 1940, n. 67‑69 pp. 2‑4; Carta inédita del Beato P. Claret sobre el Corazón de María: Iris de Paz 56 (1942) 1157‑1158 49‑50 (así la numeración del tomo); Carta a un devoto del inmaculado Corazón de María: Boletín interno de la Prov. de Cataluña CMF, núm. extr., 67‑69, julio‑septiembre 1949, pp. 47‑52; Carta a un devoto del purísimo e inmaculado Corazón de María en San Antonio María Claret, Escritos autobiográficos y espirituales (BAC, Madrid 1959) pp. 766‑772; Lozano, J. M., El Corazón de María en San Antonio María Claret (Ed. Coculsa, Madrid 1963) pp. 223‑239; Gil, J. M., Epistolario de San Antonio María Claret (Ed. Coculsa, Madrid 1970) vol. 2 pp. 1497‑1506 (edición crítica); En el centenario de San Antonio María Claret, apóstol de la devoción al inmaculado Corazón de María; texto íntegro de una carta de San Antonio María Claret sobre el amor que debemos a María Santísima: Cruzado Español 13 (1970) 167‑168.

* 1 No sabemos quién hizo esta petición al Santo. Pudo ser una de las muchas personas dirigidas por Claret o tal vez uno de sus misioneros. Lo cierto es que el Santo aprovecha la petición para escribir un breve tratado sobre la devoción al Corazón de María. «No me podíais pedir cosa más de mi gusto», dice a su destinatario. Aquí se ve, una vez más, la intensa devoción mariana del P. Claret, que le acompañó toda la vida, desde la infancia (cf. Aut. n. 43‑55) hasta su muerte (cf. Obsequio 1870 Claret, Escritos autobiográficos [BAC Madrid 1981] pp. 587‑588). Sobre su devoción cordimariana cf. Viñas, J. M., La devoción al Corazón de María según las enseñanzas del Beato P. Claret: Bol. Prov. Cataluña CMF 11 (1949) 201‑225; Tisnés, R. M., San Antonio María Claret y el Corazón de María: Bol. Prov. Colombia CMF 9 (1952) 44‑61.191‑203.255‑268; Ramos, C., Un apóstol de María (Barcelona 1954) 368 págs.; Lozano, J. M., El Corazón de María en San Antonio María Claret (Madrid 1963) 286 págs.; Leghisa, A., El Corazón de María y la Congregación en el momento actual (Roma 1978) 62 págs.

*2 Cf. Ducos, J.‑Ch., Le pasteur apostolique (París 1861) t. 1 p. 438. Claret toma la estructura de la carta de este autor y le sigue de cerca en la redacción de algunos párrafos.

*3 Cf. Santo Tomás, Summa theol. 2‑2 q. 23 a . 1c.

*4 En el original autógrafo, el P. Claret tachó la frase siguiente: «A fin de que nosotros la amemos y a ella acudamos siempre» (Mss. Claret, VIII, 522). Este párrafo, que habla de las relaciones de la Virgen con la Santísima Trinidad , lo ha tomado también de Ducos (o. c., p. 438). Ya en otras ocasiones, el Santo había indicado esta misma doctrina (cf. Carta pastoral sobre la Inmaculada [Santiago de Cuba 1855] pp. 3, 5 y 37; El colegial instruido [LR, Barcelona 1861] t. 2 p. 501).

*5 En el original autógrafo “partar”.

*6 Cf. Santo Tomás, Summa theol. 3 q. 27 a . 4c. En la segunda edición del opúsculo claretiano Tardes de verano en el real sitio de San Ildefonso llamado La Granja (LR, Barcelona 1865, p. 121) se leen estas palabras: «Es regla general que, cuando Dios elige a una criatura racional para una dignidad singular o para un estado sublime, le da todos los carismas de gracia que a la dignidad o estado de dicha persona son necesarios y convenientes a su esplendor» (San Bernardino de Siena, Sermo 10 a . 2 c. 1: Opera [Venetiis 1591] t. 3 p. 118 col. 2). Citado por San Alfonso María de Ligorio, Las glorias de María (Barcelona 1870) pp. 197‑198.

*7 Claret ve la filiación mariana, sobre todo, a través del Corazón de María, que encierra dos aspectos principales: uno amoroso y otro militante. María es la Madre del Amor Hermoso (cf. Aut. n. 447; Religiosas en sus casas [Barcelona 1850] p. 147): «Madre del divino amor..., amor os suplico; concedédmelo y quedaré contento». «Madre del Amor Hermoso..., conceded a los justos este divino amor; os lo ruego por el amor que Dios os tiene» (ib., p. 155). El Corazón de María es «fragua e instrumento del amor» (Aut. n. 447) y representa toda la vida interior de la virgen, siendo habita­ción y paraíso de Dios (cf. Religiosas en sus casas, ed. cit. p. 105), centro de sus recuerdos y meditaciones (cf. La colegiala instruida [Madrid 1864] pp. 423‑424) y copia exacta del Corazón de Jesús (Mss. Claret, VIII, 501: «El Corazón de María es la copia más exacta del Corazón de Jesús»). Pero el Corazón de María es, además, manantial de fuerza apostólica. Así lo vio en la Archicofradía del Corazón de María por haberlo leído y luego por experiencia propia. «Ayer - escribe a su amigo D. José Caixal el 2 de agosto de 1847 - fundamos la Archicofradía del Corazón de María. Ahora vamos a continuar la novena. Ya ha hecho y hace su fruto. Un gentío inmenso ha asistido a la función. Son muchas las parroquias que la piden» (EC, I, pp. 234). Y pocos días después, el 12 de agosto, le dice: «Quisiera que se hiciera correr por estas tierras y por toda España la novena al Corazón de María» (EC, I, p. 236). El mismo adjetivo inmaculado, con el que designa casi siempre al Corazón de María, indica el aspecto apostólico y militante de esta devoción, como sucede al hablar de la Inmaculada. Tanto el aspecto amoroso como el militante los tiene presentes sobre todo, cuando comenta el nombre de Hijos del Inmaculado Corazón de María dado a sus misione­ros (cf. Aut. n. 492‑494; Viñas, J. M., art. cit., pp. 201‑225).

*8 Cf. Ducos, J.‑Ch., o. c., pp. 438‑439.

*9 Cf. Santo Tomás, Summa theol. 3 q. 27 a . 5.

*10 Cf. Claret, Tardes de verano, ed. cit., p. 173.

*11 Cf. Sal 20, 4.

*12 Cf. Gallifet, J. De l’excellence de la dévotion au Coeur adorable de Jésus‑Christ (Paris 1861) t. 1 p. 46ss; Mss. Claret, VIII, 502.

*13 Cf. Gallifet, J., o. c. pp. 264ss.

*14 Cf. Castiglione, L., Il Cuore di Maria aperto a tutti (Napoli 1850) p. 4, Mss. Claret, VIII, 502.

*15 «Si veneramos las reliquias de los santos, ¡cuánto más el Corazón de María! ¡Qué reliquia más insigne!» (Mss. Claret, VIII, 503). Este mismo argumento lo utilizaban San Juan Eudes y el P. Gallifet (o. c., p. 75).

*16 Debido al influjo de Gallifet, el corazón como órgano material ocupa aquí el primer plano. sin embargo, Claret insiste casi siempre en el corazón espiritual y en lo que él significa y representa.

*17 En el original autógrafo, el Santo tachó la palabra “purísimo” y escribió encima “inmaculado”.

*18 Los escritores espirituales han indicado con frecuencia las relaciones existentes entre el Corazón de María y la encarnación del Verbo. La M. Agreda habla de las tres gotas de sangre del Corazón de María con las que las tres personas de la Trinidad formaron el cuerpo del Señor (cf. Mística ciudad de Dios, LR [Barcelona 1860] t. 3 p. 239). A ello alude San Juan de Avila en un sermón sobre la Asunción (cf. Obras completas, BAC [Madrid 1970] t. 3 p. 168). Cayetano había combatido esta teoría, llamándola «error nuevo nacido en nuestros días». El P. Claret había aludido a esta opinión en el Catecismo explicado (Barcelona 1849, p. 69). En 1864, al ser sometido el Catecismo único a la censura de Roma, el censor pidió que se quitara la mención de las tres gotas de sangre, fundándose en el comentario de Cayetano a Santo Tomás (q. 31 a . 6). El Santo suprimió el lugar citado por el censor y halló dos argumentos que le convencieron: el ser contrario a la Sagrada Escritura y a la maternidad divina de María, marcando al margen dichos pasajes (cf. Summa theologica cum Commentariis Thomae de Vio Cardinalis Caietani [Roma 1773] t. 7 p. 401. Ex libris). Desde entonces en las ediciones del Catecismo se suprimió esa mención y el Santo corrigió el texto de esta carta, añadiendo las palabras “salida" y “en las entrañas de María”. Esto nos permite datar la Carta a un devoto del purísimo e inmaculado Corazón de María, que debió de ser redactada no mucho antes de abril de 1864, fecha en que recibió la censura romana del Catecismo (cf. Fernández, C., El Beato Antonio María Claret [Madrid 1946] t. 2 p. 547).

*19 Cf. Gallifet, J., o. c., p. 264ss.

*20 Cf. Claret, Tardes de verano, ed. cit., p. 123; Santo Tomás, Summa theol. 3 q. 35 a . 4c.

*21 Cf. Santo Tomás de Villanueva, Sermón 3 para la Natividad de la Virgen : Obras, BAC (Madrid 1952) p. 203. Afirmaciones parecidas se encuentran en San Bernardino, San Buenaventura y Suárez (cf. San Alfonso María de Ligorio, Las glorias de María [Barcelona 1870] pp. 332‑334).

*22 En el original autógrafo, tachado, “que se exclamó Santa Isabel”.

*23 Lc 1, 42. Claret toma este párrafo casi literalmente de Ducos, J.‑Ch., o. c., p. 440.

*24 Cf. Summa Theol. 3 q. 27 a . 5 ad 2. El ejemplo de Santo Tomás se refiere a la preparación de la Virgen para la maternidad divina.

*25 Cf. Santo Tomás, ib.

*26 Cf. Hch 10, 38.

*27 Cf. Lc 2, 19: María... conservaba todas estas cosas dentro de sí ponde­rándolas en su corazón. Texto marcado con una raya marginal en el ejemplar del Nuevo Testamento de Torres Amat.

*28 Cf. Sal 39, 4. Frase frecuentemente citada por el P. Claret al hablar de la oración.

*29 El manuscrito autógrafo cita el Speculum c. 1. Se refiere al Speculum Beatae Mariae Virginis, atribuido hoy a Conrado de Sajonia (cf. Bibliotheca Franciscana Medii Aevi [Quaracchi 1904] t. 2 introd. p. 9.127).

*30 La doctrina sobre estas prerrogativas de María, de la 2 a la 7, las toma de Ducos, J.‑CH., o. c., pp. 441‑442.

*31 Cf. Speculum Beatae Mariae Virginis c. 6 p. 83. En realidad, la frase citada por Conrado de Sajonia es de San Bernardo (Sermo 2 de Annuntiatio­ne n. 2: PL 183, 391: Obras completas, BAC [Madrid 1953] t. l, p. 666).

*32 Cf. Mt 5, 17.

*33 Lc 2, 51: Y les estaba sujeto. Texto marcado en el Nuevo Testamento de Torres Amat.

*34 Cf. Homil. 1 super “Missus est” n. 7ss: PL 183, 59ss: Obras completas, BAC, ed. cit., t. 1 p. 190.

*35 Hesiquio de Jerusalén, Homil. 2 de Beata Virgine: PG 93, 1461. Claret cita esta frase en su libro Tardes de verano (ed. cit., p. 133). Lo leyó en Ducos, J.‑Ch., o. c., p. 442, n. 2. El sentido de la frase no es el que tradicionalmente le han dado los autores espirituales. La palabra complementum, que responde a la palabra griega pléroma, no significa en el contexto de Hesiquio complemento, sino morada, habitación.

*36 Cf. Jn 1, 3.

*37 Cf. Ducos, J ‑Ch., o. c., p. 444.

*38 Cf. San Bernardo, Sermo 1 de Assumptione n. 1: Obras completas, BAC, ed. cit., t. 1 p. 703.

*39 Cf. Speculum Beatae Mariae Virginis, c. 6.

*40 Claret tachó “gracias” y escribió encima “misericordias”. Estas frases las toma también de Ducos, J.‑Ch., o. c., p. 42.

*41 Cf. ib., p. 443.

*42 “Cuello” tachado. Después escribió “como el cuello”.

*43 El manuscrito autógrafo, copiando a Ducos, cita a San Jerónimo. Se refiere al texto tradicional de la Carta a Paula y Eustoquio sobre la Asunción (PL 30, 16ss), que hoy se atribuye a Pascasio Radberto. En realidad, este autor no llama a la Virgen cuello del Cuerpo místico. El primero que lo dijo fue Ubertino de Casale comentando las palabras del Pseudo‑Jerónimo (cf. Arbor vitae crucifixae); cf. San Pedro Damián, Sermo 46: PL 144,753; San Agustín, Sermo 123 n. 2: PL 39,1991; De praedestinatione sanctorum 15 31: PL 44,982‑983; San Fulgencio, Sermo 36: PL 65, 899. También se halla esta idea en Germán de Tournai, que afirma: «Collum inter caput et corpus medium est, caputque iungit corpori. Collum ergo sanctae Ecclesiae competenter Domina nostra intelligitur quae, inter Deum et homines Media­trix existens, dum Dei Verbum incarnatum genuit, quasi caput corpori, Christum Ecclesiae, divinitatemque humanitati nostrae coniunxit» (Tractatus de Incarnatione Christi 8: PL 180, 30). Aparece también con nitidez en San Bernardino de Siena, que dice: «Sicut per collum spiritus vitales a capite diffunduntur per corpus: sic per virginem a capite Christo vitales gratiae in eius mysticum corpus, et specialius in amicos atque devotos, continue transfunduntur» (Sermo 5 de Nativ. B. M. V. c. 8).

*44 Cf. el himno Ave, maris stella... felix caeli porta; San Bernardo, In vigilia Nativit. Domini. sermo 3 n. 10 (PL 183, 100): «Nada ha querido Dios que tengamos que no pase por las manos de María» (Obras completas, BAC, ed. cit., t. 1 p. 247).

*45 San Pedro Damián, Sermo 46: PL 144, 753: «fenestra caeli, ianua paradisi..., scala caelestis», San Bernardo, In Nat. B. M. V. sermo de aquaeductu n. 7 (PL 183, 441): «scala peccatorum» (Obras completas, BAC, ed. cit., t. 1 p. 741).

*46 En el original autógrafo escribió: “escalando por la penitencia”, frase que después tachó.

*47 Cf. Ducos, J.‑Ch., o. c., p. 443. Recordemos que el P. Claret había escrito un opúsculo titulado La escalera de Jacob y puerta del cielo, o sean súplicas a María Santísima (Barcelona 1846) 32 págs.

*48 San Bernardo, Sermo de nativitate de aquaeductu n. 7: Obras comple­tas, BAC, ed. cit., t. 1 p. 741: «Esta es la escala de los pecadores, ésta es mi mayor confianza, ésta es toda la razón de la esperanza mía».

*49 San Efrén, Sermo de laudibus Beatae Virginis: «Ella es la única abogada de los pecadores, puerto segurísimo y salvación de todos los náufragos».

*50 «No se horroriza del pecador, aunque sea fétido..., con tal de poder reconciliarle con el tremendo juez» (San Bernardo, In deprecat. ad B. Virg.). Citado por Ducos, J.‑Ch., o. c., t. 1 p. 443 nt. 3).

NOTA: Este opúsculo claretiano se ha publicado en el volumen: San Antonio María Claret, Escritos Espirituales (BAC, Madrid 1985) pp. 496‑506; y en: San Antonio María Claret, Escritos Marianos (Publicaciones Claretianas, Madrid 1989) pp. 382‑292.

Fuente: claret.org

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada